Vacaciones con sexo incluido en Jamaica
Sexo libre en mitad del Caribe. Miles de turistas adinerados se apuntan cada temporada a esta peculiar oferta que hacen desde hace años los hoteles Hedonism, en la isla de Jamaica. En estos paraísos del placer –a diferencia de otros destinos turísticos en los que hay explotación sexual de lugareños o de menores de edad–, las ardientes citas son entre clientes.
Olvide todos sus prejuicios. Dejarlos aparcados en el aeropuerto es condición sine qua non para convertirse en un auténtico miembro de la comunidad hedonista. Y sólo con una mente abierta de par en par será capaz, por ejemplo, de desayunar sin atragantarse a las ocho de la mañana mientras a su lado deambula una mujer desvestida con un picardías, o en la mesa de enfrente toma café un hombre desnudo que lleva un extraño artefacto en los genitales.
Pese a lo que pueda parecer, los hoteles Hedonism no son una Babilonia en la que se sucedan las orgías desde el amanecer a la puesta de sol. Si no es excesivamente mojigato, acabará por acostumbrarse al espíritu de libertad sexual que flota en el ambiente e, incluso, se sumará a él. Pero si es de esas personas a las que atenaza el pudor es mejor que elija otro destino. Los Hedonism no son en modo alguno unos hoteles para promiscuos, pero mucho menos para puritanos.
Si hay algo que engancha a los clientes de los Hedonism, que suelen repetir año tras año, es la libertad. ¿En qué otro hotel podría hacer el amor con su pareja –o con un desconocid0– en la piscina, ante la mirada del resto de huéspedes, sin que le echaran ipso facto? Que le apetece practicar sexo en el jardín o sobre la mesa de billar... Hágalo. Por algo los Hedonism son una cadena para mayores de i8 años, y por algo Jamaica es el país del “No problem”.
El Hedonism II es el más salvaje de los dos que hay en la isla. Se encuentra cerca de la ciudad de Negril, a unos 88 kilómetros del aeropuerto. Construido en 1977, no tiene el encanto del estilo victoriano del III, y está siendo reformado en la actualidad. Aunque si a estas alturas usted ha cruzado el Atlántico en un vuelo de más de i0 horas con American Airlines –por tanto, nonsmoking–, tal vez lo que menos le interese del hotel sea su arquitectura. Máxime si su primera noche de estancia tiene programada una toga party, una de las actividades organizadas para favorecer la socialización de los huéspedes.
Observar a una clientela mayoritariamente norteamericana cantar su himno nacional de pie, con profunda emoción y vestida de romano en el día de Acción de Gracias es toda una experiencia, pero, anécdotas aparte, una vez metido en harina el público estadounidense se olvida por completo de su supuesto puritanismo. Y, aunque la cosa no llegue a una bacanal, el alcohol corre con desmesura –a ello contribuye que los hoteles sean “todo incluido”– y las escenas se vuelven cada vez más picantes. Da igual la edad o el cuerpo que se tenga.
En la sala de fiestas contonean su esqueleto desde un hombrecillo que tiene aspecto de haberse corrido alguna similar con Matusalén y que tapa sus partes pudendas con una enorme araña de plástico, a chicos y chicas jóvenes que ocultan bien poco de sus cuerpos primaverales. Si a esto le añadimos que el 60% de los huéspedes son solteros y sin compromiso y que, cual cenicientas, la mayoría de las parejas desaparece pasada la medianoche, no hace falta mucha imaginación para adivinar que la fiesta continúa en las habitaciones, y que en unas cuantas se reúnen más de dos personas.
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